Explicar por qué tenemos tres patas es algo más complicado que explicar por qué tenemos tres cabezas.
Para empezar nos sirve para distinguir a los tripodianos de las tripodianas. Los tripodianos tienen dos miembros y una miembra, mientras que las tripodianas (paradojas, dirá alguno) tienen dos miembras y un miembro. Ya sé que aquí la palabra miembra tiene mucha polémica pero en Tripodonia está incluída en el diccionario como sinónimo de la menos utilizada pierna, al igual que miembro es sinónimo de pierno.
Pero la razón principal es que, teniendo tres cabezas, con dos patas no era suficiente para garantizar nuestra estabilidad y la sabia (aunque, a veces, arisca) naturaleza tripodiana nos dotó de una tercera para poder sostenernos adecuadamente. Además, nos viene muy bien para esos bruscos cambios de dirección a los que de vez en cuando nos somete la cabeza del absurdo, como ya os he comentado en un post anterior.
Por otra parte, como habréis percibido, no estamos dotados de pecho ni abdomen por lo que en el interior de nuestras patas aglutinamos nuestros órganos funcionales. En una pata está lo que llamaríamos el corazón; en otra, algo así como el estómago; y en la tercera el resto de vísceras. Lo primero es extremadamente singular porque resulta que todos los tripodianos y tripodianas no sólo tenemos nuestro corazoncito sino que lo tenemos en el miembro.
miércoles, septiembre 03, 2008
miércoles, julio 09, 2008
Tripodonia: ¿Por qué tres cabezas?
Me he dado cuenta de que estar lejos de Tripodonia me incita a hablar de sus habitantes, de sus rincones, de sus rayos Z y demás maravillas. Así que, hoy que estoy de vuelta y nunca se sabe cuando me iré, inauguro una nueva sección donde iré contando cosas sobre mi planeta.
Y puesto que mi avatar delata que mi constitución dista un poco de la humana, hablaré sobre nuestras tres cabezas (bueno, en realidad cada una de ellas tendrá algo que decir sobre las otras).
"¿Por qué tenéis tres cabezas?", os preguntaréis. ¿Y por qué no? ¿Acaso no tenéis vosotros dos orejas (ugg, qué asco) y nadie dice nada? Bueno, pues nuestra sabia naturaleza tripodiana ha dispuesto que así sea: una cabeza para la inteligencia, una cabeza para la sensibilidad y una cabeza para el absurdo.
Sobre las dos primeras hay una variabilidad terrible entre unos tripodianos y otros, pero la tercera es una constante que nos distingue de otros habitantes planetarios. Quiero decir que un tripodiano puede ser muy inteligente y sensible, o tonto de capirote y con la sensibilidad del esparto, pero siempre será absurdo, lo cual hace impredecible el resultado de la combinación tritesta.
Desde el punto de vista fisiológico la cabeza del absurdo ocupa el lugar central, denotando su preponderancia, y las otras dos se encuentran a sus lados. Podría decir que no digo si a derecha ni a izquierda para evitar esas discusiones políticas tan habituales entre terrícolas ("Ah, ha dicho que a la derecha está la inteligente", "Sí, pues la de la izquierda es más sensible", etc.), pero, en realidad, es que derecha e izquierda son conceptos que, con tres cabezas y tres extremidades, no tienen sentido para nosotros. Además, no serviría de nada porque si, por ejemplo, quisiéramos girar a la derecha nuestra cabeza dominante del absurdo nos llevaría a la izquierda, y viceversa, o no. Es por ello que otra característica tripodiana es la de deambular con rumbos aleatorios para desplazarnos.
Diréis que esto último es un grave problema pero en realidad introduce en nuestras vidas un componente de sorpresa agradable y permanente. Tú sales por la mañana hacia el trabajo y puedes tardar diez minutos o una una hora y cuarenta y cinco. Vete a saber. Eso sí, nunca pillas atasco porque no hay quien vaya por la misma ruta dos veces seguidas. Son las ventajas del caos. Tampoco hay colas y los habitantes desisten de ir con prisas a ninguna parte. Sería maravilloso del todo si no fuera por los golpes contra las paredes y a los atropellos. No se puede tener todo.
Pues alá, ya conocéis algo más de los tripodianos, esos seres tan maravillosos y tan desconocidos al mismo tiempo y de forma asíncrona.
Y puesto que mi avatar delata que mi constitución dista un poco de la humana, hablaré sobre nuestras tres cabezas (bueno, en realidad cada una de ellas tendrá algo que decir sobre las otras).
"¿Por qué tenéis tres cabezas?", os preguntaréis. ¿Y por qué no? ¿Acaso no tenéis vosotros dos orejas (ugg, qué asco) y nadie dice nada? Bueno, pues nuestra sabia naturaleza tripodiana ha dispuesto que así sea: una cabeza para la inteligencia, una cabeza para la sensibilidad y una cabeza para el absurdo.
Sobre las dos primeras hay una variabilidad terrible entre unos tripodianos y otros, pero la tercera es una constante que nos distingue de otros habitantes planetarios. Quiero decir que un tripodiano puede ser muy inteligente y sensible, o tonto de capirote y con la sensibilidad del esparto, pero siempre será absurdo, lo cual hace impredecible el resultado de la combinación tritesta.
Desde el punto de vista fisiológico la cabeza del absurdo ocupa el lugar central, denotando su preponderancia, y las otras dos se encuentran a sus lados. Podría decir que no digo si a derecha ni a izquierda para evitar esas discusiones políticas tan habituales entre terrícolas ("Ah, ha dicho que a la derecha está la inteligente", "Sí, pues la de la izquierda es más sensible", etc.), pero, en realidad, es que derecha e izquierda son conceptos que, con tres cabezas y tres extremidades, no tienen sentido para nosotros. Además, no serviría de nada porque si, por ejemplo, quisiéramos girar a la derecha nuestra cabeza dominante del absurdo nos llevaría a la izquierda, y viceversa, o no. Es por ello que otra característica tripodiana es la de deambular con rumbos aleatorios para desplazarnos.
Diréis que esto último es un grave problema pero en realidad introduce en nuestras vidas un componente de sorpresa agradable y permanente. Tú sales por la mañana hacia el trabajo y puedes tardar diez minutos o una una hora y cuarenta y cinco. Vete a saber. Eso sí, nunca pillas atasco porque no hay quien vaya por la misma ruta dos veces seguidas. Son las ventajas del caos. Tampoco hay colas y los habitantes desisten de ir con prisas a ninguna parte. Sería maravilloso del todo si no fuera por los golpes contra las paredes y a los atropellos. No se puede tener todo.
Pues alá, ya conocéis algo más de los tripodianos, esos seres tan maravillosos y tan desconocidos al mismo tiempo y de forma asíncrona.
martes, diciembre 18, 2007
Un cuartito de horóscopo
Es conocido que en Tripodonia tenemos una habilidad para leer las estrellas (antes de hacerlas explotar con nuestros rayos Z), así que regalo unas adivinaciones zodiacales para los próximos días.
Aries
Hoy puede ser un día extraño para asuntos de dinero. Por ejemplo, si apuesta por Internet puede ganar un pollo al chilindrón. Quizá no sepa con seguridad cuál es su situación financiera, y eso es debido, en parte, a que durante años creyó que invertir en bolsa consistía en comprar sacos de tela. Tenga cuidado con los resfriados, especialmente con quienes le estornudan en la cara. Amor y felicidad van de la mano, desgraciadamente en sentido contrario a donde Ud. se encuentra.
Tauro
Asegúrese de encontrar tiempo con calidad para Ud., minutos y horas fetén, nada de "made in China". Su naturaleza desarrolla la intensidad de las ideas, creatividad, sexualidad y emociones, pero su cerebro parece no enterarse y todo queda en agua de borrajas. En la salud, evite los resbalones, especialmente cuando le de por caminar haciendo el pino. El amor llegará más tarde o más temprano, pero estará sólo de paso, un par de noches.
Géminis
Estos días las cosas pueden ponerse algo tensas, entre 10 y 15 Pascales. Quizás una de sus primeras reacciones sea buscar apoyo en sus seres queridos, hace bien, pero procure no apoyarse con los talones en estómagos y cabezas como suele hacer. Si nació antes del 12 del VI sus orejas experimentarán un aumento proporcional al diámetro de su ombligo. Si nació después del 12, su dedo índice se alargará con la razón inversa de la longitud de sus pestañas.
Aries
Hoy puede ser un día extraño para asuntos de dinero. Por ejemplo, si apuesta por Internet puede ganar un pollo al chilindrón. Quizá no sepa con seguridad cuál es su situación financiera, y eso es debido, en parte, a que durante años creyó que invertir en bolsa consistía en comprar sacos de tela. Tenga cuidado con los resfriados, especialmente con quienes le estornudan en la cara. Amor y felicidad van de la mano, desgraciadamente en sentido contrario a donde Ud. se encuentra.
Tauro
Asegúrese de encontrar tiempo con calidad para Ud., minutos y horas fetén, nada de "made in China". Su naturaleza desarrolla la intensidad de las ideas, creatividad, sexualidad y emociones, pero su cerebro parece no enterarse y todo queda en agua de borrajas. En la salud, evite los resbalones, especialmente cuando le de por caminar haciendo el pino. El amor llegará más tarde o más temprano, pero estará sólo de paso, un par de noches.
Géminis
Estos días las cosas pueden ponerse algo tensas, entre 10 y 15 Pascales. Quizás una de sus primeras reacciones sea buscar apoyo en sus seres queridos, hace bien, pero procure no apoyarse con los talones en estómagos y cabezas como suele hacer. Si nació antes del 12 del VI sus orejas experimentarán un aumento proporcional al diámetro de su ombligo. Si nació después del 12, su dedo índice se alargará con la razón inversa de la longitud de sus pestañas.
miércoles, diciembre 12, 2007
565
¿Por qué (os preguntaréis), después de tantos días de silencio, este blog pega el cambiazo y aparece una nueva entrada con ese título tan enimágtico y, sobre todo, tan númerico? ¿Por qué (me pregunto yo) me imagino que me hacen preguntas como éstas, cuando lo más normal es que a la poca gente que haya caido por aquí le importe tres pimientos de los verdes?
Pues la respuesta es 565. Es la respuesta comodín que vengo utilizando últimamente a todas esas preguntas que nos asaltan por la vida. ¿De dónde venimos? 565 ¿A dónde vamos? 565 ¿Hay vida más allá? 565 ¿Cobraré algún euro de pensión cuando me jubile? 565. Sí, sé que es una respuesta que dice más bien poco pero, ¿alguien tiene alguna mejor, eh?
Pues nada, visto que la respuesta que venía utilizando aparecía en una maravillosa, aunque algo estridente, plantilla, he decido retomar temporalmente las teclas. Lo que significa que seguramente no volveré a escribir hasta dentro de 10, 20, o quizá, 40 días. Qué digo, seguramente pasarán 565.
Pues la respuesta es 565. Es la respuesta comodín que vengo utilizando últimamente a todas esas preguntas que nos asaltan por la vida. ¿De dónde venimos? 565 ¿A dónde vamos? 565 ¿Hay vida más allá? 565 ¿Cobraré algún euro de pensión cuando me jubile? 565. Sí, sé que es una respuesta que dice más bien poco pero, ¿alguien tiene alguna mejor, eh?
Pues nada, visto que la respuesta que venía utilizando aparecía en una maravillosa, aunque algo estridente, plantilla, he decido retomar temporalmente las teclas. Lo que significa que seguramente no volveré a escribir hasta dentro de 10, 20, o quizá, 40 días. Qué digo, seguramente pasarán 565.
miércoles, diciembre 28, 2005
Navidad en la luna
"Abuelo, ¿Santa Claus existe?"-"Eh...Pues, verás...Dicen que el único hombre que lo sabe con seguridad vive en la Luna desde hace muchos años." Aquella fue la respuesta ingeniosa que me dio mi abuelo en la infancia, y ocurrió que entonces yo no entendí lo que quería decir. En realidad, él pensaba que si alguien creía de verdad que Santa Claus existía, estaría en la Luna, en Babia, enajenado, desequilibrado o como queráis llamar a un loco. Al fin y al cabo esto es lo que piensa casi todo el mundo. Así que me dio aquella respuesta para no traicionarse, pues para mi abuelo lo más importante en la conducta de una persona era la coherencia, y para no traicionarme, porque dada la edad que tenía cuando pregunté aquello pensó que todavía merecía un tiempo para la ilusión. Pero yo lo entendí de otra forma.
Pensé que realmente vivía un hombre en la Luna que conocía la verdad. Un hombre que, muchos años atrás, habría vivido en la Tierra, es más, quizás fuera niño cuando vivía en nuestro planeta. Un niño curioso que un día de Nochebuena sorprendió a Santa Claus entrando por la ventana para dejar sus regalos. Y al niño no se le ocurrió otra cosa que berrear cuando descubrió que su regalo no era el que esperaba. "¡Eres un farsante y un instigador del consumismo! ¿Te crees que por tener una camada de dudosos renos voladores puedes jugar con las ilusiones de la gente? No me vengas con excusas, las sé todas. Vives al servicio de los grandes almacenes y has vendido hasta el último pelo de tu barba blanca al mejor postor. ¡No eres nadie! ¡Ojalá no existieras!" Tamaña perorata le sentó a Santa Claus como un tiro, porque independientemente de que hubiera parte de verdad en aquello, o tuviese sus razones para mantener acuerdos comerciales, no podía prever que un niño reaccionase de esa manera. Y no sólo no podía esperarlo, sino que tampoco podía permitirlo. Si un niño dudaba de él de aquella forma, se le iría el negocio al garete. Una cosa es que la gente piense que Santa Claus es un pretexto del consumo, y otra muy distinta meter en el saco de los ejecutivos sin escrúpulos al propio Santa Claus. Así que decidió protegerse y se cargó con el chavalín dejándolo en un vuelo abandonado en la Luna. Esto, debéis pensar, no cuadra mucho con la bondad de Santa, pero yo en aquella época creía tanto en él que le justificaba cualquier acto; por ejemplo, que a mí no me trajese todo lo que le pedía, y, también este otro imaginado. El caso es que yo pensaba que allí se había quedado el niño, en la luna, desterrado para la eternidad por haber perdido su fe.
Así creí la historia durante años, y creí en santa Claus de aquella forma, mezclando ilusión y temor a partes iguales. Tuvo, además, una patente influencia en mi futuro profesional, pues empecé a interesarme con pasión por la física hasta convertirme en Doctor en Astrofísica. Precisamente conocer el Universo, o intentar hacerlo, ofrece un visión distinta de las cosas, en particular de la existencia de Papá Noel y los renos voladores. Como padre he tenido que enfretarme a la dichosa pregunta y mateniendo la coherencia que mi abuelo me inculcó respondí con precisión y sin mentiras a mi hijo: sí, existe Santa Claus. Existen los Reyes Magos, también. Existen todos esos personajes en cada uno de nosotros, a veces más escondidos, más temerosos, otras más duraderos y persistentes durante el año. Existe en todos los hombres un ápice de bondad y en Navidad necesitan afirmarlo. Es un tiempo de esperanza e ilusión. Los regalos son buen pretexto, porque pueden ocultar tu debilidad. Existe un Santa Claus en nosotros que surge cuando peor van las cosas y regala una palabra o un abrazo, o un adiós. Quién mata a Santa Claus mata el espíritu humano y se olvida de lo más importante que podemos producir y consumir: las personas.
Así lo entendió también el hombre de la luna y todos los años por Nochebuena pega un gran salto y llora su traición ¿o no habéis visto nunca brillar una estrella junto a la Luna?
Pensé que realmente vivía un hombre en la Luna que conocía la verdad. Un hombre que, muchos años atrás, habría vivido en la Tierra, es más, quizás fuera niño cuando vivía en nuestro planeta. Un niño curioso que un día de Nochebuena sorprendió a Santa Claus entrando por la ventana para dejar sus regalos. Y al niño no se le ocurrió otra cosa que berrear cuando descubrió que su regalo no era el que esperaba. "¡Eres un farsante y un instigador del consumismo! ¿Te crees que por tener una camada de dudosos renos voladores puedes jugar con las ilusiones de la gente? No me vengas con excusas, las sé todas. Vives al servicio de los grandes almacenes y has vendido hasta el último pelo de tu barba blanca al mejor postor. ¡No eres nadie! ¡Ojalá no existieras!" Tamaña perorata le sentó a Santa Claus como un tiro, porque independientemente de que hubiera parte de verdad en aquello, o tuviese sus razones para mantener acuerdos comerciales, no podía prever que un niño reaccionase de esa manera. Y no sólo no podía esperarlo, sino que tampoco podía permitirlo. Si un niño dudaba de él de aquella forma, se le iría el negocio al garete. Una cosa es que la gente piense que Santa Claus es un pretexto del consumo, y otra muy distinta meter en el saco de los ejecutivos sin escrúpulos al propio Santa Claus. Así que decidió protegerse y se cargó con el chavalín dejándolo en un vuelo abandonado en la Luna. Esto, debéis pensar, no cuadra mucho con la bondad de Santa, pero yo en aquella época creía tanto en él que le justificaba cualquier acto; por ejemplo, que a mí no me trajese todo lo que le pedía, y, también este otro imaginado. El caso es que yo pensaba que allí se había quedado el niño, en la luna, desterrado para la eternidad por haber perdido su fe.
Así creí la historia durante años, y creí en santa Claus de aquella forma, mezclando ilusión y temor a partes iguales. Tuvo, además, una patente influencia en mi futuro profesional, pues empecé a interesarme con pasión por la física hasta convertirme en Doctor en Astrofísica. Precisamente conocer el Universo, o intentar hacerlo, ofrece un visión distinta de las cosas, en particular de la existencia de Papá Noel y los renos voladores. Como padre he tenido que enfretarme a la dichosa pregunta y mateniendo la coherencia que mi abuelo me inculcó respondí con precisión y sin mentiras a mi hijo: sí, existe Santa Claus. Existen los Reyes Magos, también. Existen todos esos personajes en cada uno de nosotros, a veces más escondidos, más temerosos, otras más duraderos y persistentes durante el año. Existe en todos los hombres un ápice de bondad y en Navidad necesitan afirmarlo. Es un tiempo de esperanza e ilusión. Los regalos son buen pretexto, porque pueden ocultar tu debilidad. Existe un Santa Claus en nosotros que surge cuando peor van las cosas y regala una palabra o un abrazo, o un adiós. Quién mata a Santa Claus mata el espíritu humano y se olvida de lo más importante que podemos producir y consumir: las personas.
Así lo entendió también el hombre de la luna y todos los años por Nochebuena pega un gran salto y llora su traición ¿o no habéis visto nunca brillar una estrella junto a la Luna?
jueves, diciembre 15, 2005
Un mes de silencio
Que nadie se altere, mis palabras, que ya se sabe que son como hormigas, pequeñas e insignificantes, habían perdido el camino hasta los dedos; alguna tuvo la tentación de salir por la boca, o por peores sitios, y ya se sabe, la fila se descoordina y se pierde la ocasión de cumplir un año bloggeando historias pasadas y algunas pocas recientes.
Pues eso, ya volvemos a estar callados y en fila para aporrear teclados.
Pues eso, ya volvemos a estar callados y en fila para aporrear teclados.
miércoles, noviembre 16, 2005
Primer amor
Especialmente las enfermeras. Esas me gustan por encima del resto. No sé si es por el uniforme o porque la primera mujer que me vio desnudo fue una enfermera; una maravillosa interna de maternidad. Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque ya han pasado tres meses desde que nací. Desde entonces no he conocido a una mujer igual; parece que me falta algo... no sé, el chupete lo llevo en la boca y los pañales están limpios, pero...
Mi madre es una mujer estupenda que siempre está encima de mí, haciéndome carantoñas y mascullando palabras ininteligibles (¿qué demonios significa gugú tata? y, ¿por qué tanta insistencia con el ajo?), pero ahora que he cumplido 90 días ya no dependo tanto de ella. Tengo mis objetivos: dentro de poco seré capaz de sostenerme en pie y daré mis primeros pasos, dejaré eso de andar a gatas que es tremendamente molesto y asqueroso. Con las técnicas de relajación que estoy siguiendo es posible que aprenda a controlarme y no necesite nunca más los pesados pañales. También me libraré del cochecito, no pienso montarme en nada con ruedas que no controle yo. Y, sobre todo, pronto, muy pronto, empezaré a deleitar a mi familia con todos estos pensamientos que me desbordan. No seré demasiado elocuente al principio porque he observado una patente (y patética) falta de comunicación entre los adultos. Hablan, sí, muchísimo, pero rara vez dicen algo. Claro, que si yo ahora me siento impaciente por musitar unas palabras qué no sentiría si tuviera que esperar, en silencio, a la persona adecuada para comunicarme. Mi padre resulta gracioso. Cuando nos juntamos rivaliza conmigo en babear, sabiendo que en eso soy invencible, pero no le importa; me trae juguetes y jugamos juntos, yo con los juguetes, él conmigo y los juguetes con él. Siempre acaba rompiéndomelos y, cuando lo hace, inmediatamente me los pone entre las manos y le da unas explicaciones inverosímiles a mi madre. Pero, a lo que iba, desde que soy independiente, consciente de mi responsabilidad en la vida y profundamente enamorado de la misma, he notado que me falta algo. Es una sensación persistente cuyo origen creo haber descubierto: la separación con los demás provoca angustia. Quizás por eso no me quito de la cabeza a la enfermera. ¿Qué será de ella?
Se llama Luz y hace muy poco que entró en el hospital. Le encantan los niños (eso me da posibilidades) y su verdadera vocación es la de pintora. Le hubiera encantado estudiar Bellas Artes en la universidad pero la tradición de enfermeras de su familia es demasiado fuerte como para traicionarla. A pesar de todo es una excelente enfermera y cuando tenía mucho trabajo yo siempre le echaba una mano, con mis limitaciones, claro. Tiene unos ojos preciosos y una sonrisa encantadora, seguro que fue un bebé hermoso. No puedo quitármela de la cabeza. Quisiera tener unos brazos fuertes (no rollizos como ahora) para poder abrazarla, cuidarla. Quisiera tener un montón de cosas para compartir, para dárselas todas. Y (confesión) más que nada me encantaría tener dientes para hincarlos, con suavidad, en ese maravilloso cuerpo (no me la imagino hecha puré). En definitiva, desde hace tiempo una sensación extraña se apodera de mí: cuando estoy con ella, cuando no lo estoy, cuando la veo, con los ojos cerrados o abiertos, dormido o despierto, en cualquier momento y en cualquier situación, pienso en ella constantemente. Es un sentimiento difícil de expresar con palabras (sonidos guturales en mi caso) pero sé que estará presente, de una forma u otra, el resto de mi vida.
Ayer volví al hospital. Un catarrillo sin importancia aunque mis padres se pusieran histéricos. Y la vi. Se acordaba de mí y me hizo cosquillas como sólo ella sabe. Yo era inmensamente feliz en aquel momento, hubiese deseado que se detuviese el tiempo, que dejasen de pasar personas a mi lado, que su risa resonará en mis odios por siempre y mi dedo permaneciese atado a su mano eternamente. Pero entonces ocurrió algo inesperado y desconcertante. El médico que me atendía la rodeó con los brazos, por la cintura, y la besó. Primero en la mejilla y luego en los labios. Entonces mi pequeño corazón se estremeció, mis ojos se empañaron y empecé a berrear como nunca lo había hecho. Y aunque mi llanto era estruendoso yo no me oía casi gritar, y ponía más empeño a golpe de pulmón y rabia, y apretaba mis puños y los lanzaba al aire totalmente fuera de mí. Fue cuando realmente me puse malo. Pero se me pasó. Afortunadamente el tiempo lo cura todo y en cinco minutos me repuse por completo. Me serené y me bastó un análisis reposado y objetivo para comprender la situación. Sí, para qué lo vamos a negar, yo soy joven para ella; porque mi corazoncito todavía tiene que hacerse grande, tan grande que no me quepa en el pecho, tan fuerte que se mueva por sí solo, tan gigantesco que llene a todos y todos quepan en él. Hasta entonces (seguro que entonces encontraré a una enfermera) no olvidaré la cruz roja bordada en el pecho de mi primer amor.
Mi madre es una mujer estupenda que siempre está encima de mí, haciéndome carantoñas y mascullando palabras ininteligibles (¿qué demonios significa gugú tata? y, ¿por qué tanta insistencia con el ajo?), pero ahora que he cumplido 90 días ya no dependo tanto de ella. Tengo mis objetivos: dentro de poco seré capaz de sostenerme en pie y daré mis primeros pasos, dejaré eso de andar a gatas que es tremendamente molesto y asqueroso. Con las técnicas de relajación que estoy siguiendo es posible que aprenda a controlarme y no necesite nunca más los pesados pañales. También me libraré del cochecito, no pienso montarme en nada con ruedas que no controle yo. Y, sobre todo, pronto, muy pronto, empezaré a deleitar a mi familia con todos estos pensamientos que me desbordan. No seré demasiado elocuente al principio porque he observado una patente (y patética) falta de comunicación entre los adultos. Hablan, sí, muchísimo, pero rara vez dicen algo. Claro, que si yo ahora me siento impaciente por musitar unas palabras qué no sentiría si tuviera que esperar, en silencio, a la persona adecuada para comunicarme. Mi padre resulta gracioso. Cuando nos juntamos rivaliza conmigo en babear, sabiendo que en eso soy invencible, pero no le importa; me trae juguetes y jugamos juntos, yo con los juguetes, él conmigo y los juguetes con él. Siempre acaba rompiéndomelos y, cuando lo hace, inmediatamente me los pone entre las manos y le da unas explicaciones inverosímiles a mi madre. Pero, a lo que iba, desde que soy independiente, consciente de mi responsabilidad en la vida y profundamente enamorado de la misma, he notado que me falta algo. Es una sensación persistente cuyo origen creo haber descubierto: la separación con los demás provoca angustia. Quizás por eso no me quito de la cabeza a la enfermera. ¿Qué será de ella?
Se llama Luz y hace muy poco que entró en el hospital. Le encantan los niños (eso me da posibilidades) y su verdadera vocación es la de pintora. Le hubiera encantado estudiar Bellas Artes en la universidad pero la tradición de enfermeras de su familia es demasiado fuerte como para traicionarla. A pesar de todo es una excelente enfermera y cuando tenía mucho trabajo yo siempre le echaba una mano, con mis limitaciones, claro. Tiene unos ojos preciosos y una sonrisa encantadora, seguro que fue un bebé hermoso. No puedo quitármela de la cabeza. Quisiera tener unos brazos fuertes (no rollizos como ahora) para poder abrazarla, cuidarla. Quisiera tener un montón de cosas para compartir, para dárselas todas. Y (confesión) más que nada me encantaría tener dientes para hincarlos, con suavidad, en ese maravilloso cuerpo (no me la imagino hecha puré). En definitiva, desde hace tiempo una sensación extraña se apodera de mí: cuando estoy con ella, cuando no lo estoy, cuando la veo, con los ojos cerrados o abiertos, dormido o despierto, en cualquier momento y en cualquier situación, pienso en ella constantemente. Es un sentimiento difícil de expresar con palabras (sonidos guturales en mi caso) pero sé que estará presente, de una forma u otra, el resto de mi vida.
Ayer volví al hospital. Un catarrillo sin importancia aunque mis padres se pusieran histéricos. Y la vi. Se acordaba de mí y me hizo cosquillas como sólo ella sabe. Yo era inmensamente feliz en aquel momento, hubiese deseado que se detuviese el tiempo, que dejasen de pasar personas a mi lado, que su risa resonará en mis odios por siempre y mi dedo permaneciese atado a su mano eternamente. Pero entonces ocurrió algo inesperado y desconcertante. El médico que me atendía la rodeó con los brazos, por la cintura, y la besó. Primero en la mejilla y luego en los labios. Entonces mi pequeño corazón se estremeció, mis ojos se empañaron y empecé a berrear como nunca lo había hecho. Y aunque mi llanto era estruendoso yo no me oía casi gritar, y ponía más empeño a golpe de pulmón y rabia, y apretaba mis puños y los lanzaba al aire totalmente fuera de mí. Fue cuando realmente me puse malo. Pero se me pasó. Afortunadamente el tiempo lo cura todo y en cinco minutos me repuse por completo. Me serené y me bastó un análisis reposado y objetivo para comprender la situación. Sí, para qué lo vamos a negar, yo soy joven para ella; porque mi corazoncito todavía tiene que hacerse grande, tan grande que no me quepa en el pecho, tan fuerte que se mueva por sí solo, tan gigantesco que llene a todos y todos quepan en él. Hasta entonces (seguro que entonces encontraré a una enfermera) no olvidaré la cruz roja bordada en el pecho de mi primer amor.
jueves, noviembre 10, 2005
Las campanas de la iglesia (III)
Pasó el tiempo y el asunto llegó a las más altas instancias jurídicas. La pareja denunció al parroco por escándalo público, y éste, derrumbado, no tardó en confesar que no llevaba ropa interior bajo la sotana. Cuando le aclararon que no era ese el badajo que escandalizaba, rápidamente se retractó y , no sólo aseguró (mostrándolos) que llevaba calzoncillos de lana, sino que insistió, una vez más, en que nadie tocaba las campanas, y que él pensaba que desde hacía tiempo estaban estropeadas. El juez, atónito, ordenó precintar la torre para que nadie tocase las campanas, a excepción, claro, del día de Navidad y el Domingo de Resurrección. Y así se hizo. Pero el matrimonio Toscani, y el resto del pueblo, seguían escuchando las campanas. Cuando don Mario no hacía sino ademán de bajarse la bragueta, las campanas comenzaban a voltear con violencia, deteniéndose al punto que volvía a cruzar los brazos. Tentado estuvo de organizar y dirigir una coral acompañado por las campanas, pero fue disuadido de sus intenciones cuando le sugirieron la posibilidad de que la bragueta se quedase enganchada y el pueblo se viese condenado a un campaneo ad infinitum. La irreversibilidad de la situación condujo a medidas más drásticas y , tras el recurso de apelación presentado por los Toscani, el juez se vio obligado a confiscar las campanas de la iglesia. El párroco presentó su dimisión al obispado, que quedó estupefacto al escuchar el relato, más aún, si cabe, que al comprobar que aquel hombre jamás había sido ordenado sacerdote.
El día que se llevaron las campanas fue un acontecimiento en el pueblo. Los partidarios de su destierro, que, poco a poco, se habían hecho más fuertes y mayoritarios, organizaron una fiesta por todo lo alto, con guisos, bebidas y baile. Hasta el alcalde, que desde un principio había apoyado al párroco y los quehaceres de la iglesia, despotricaba acerca de las campanas blandiendo con singular, y experimentada, habilidad una botella de vino tinto. Hubo hurras y
aplausos cuando fueron descolgadas de la torre, donde, por supuesto, el señor Toscani había hecho los honores cortando el precinto que sellaba la entrada al campanario desde la primera resolución del juez. Cuando las cargaron en la camioneta de los juzgados, que había de llevarlas al almacén, un profundo silencio inundó la plaza. Los ojos de cada uno de los habitantes del pueblo se clavaron en aquellos enormes instrumentos, majestuosos, elegantes, armónicos hasta en su figura, silenciosos guardianes de melodías moduladas para deleitar los oídos; descansaban tranquilos, inmunes a cualquier agravio, recordando, seguro, que habían sido privilegiados espectadores de las locuras humanas que rellenan el tiempo, orgullosos de su condición de divinos objetos, sostenidos tan cerca del cielo, alejados de las palabras vanas, de las promesas absurdas y de la estupidez humana. Las puertas se cerraron y un niño dio una voz, la señal para iniciar el espectáculo de fuegos artificiales que despidió a la camioneta llevándose las campanas requisadas al almacén.
Llega la noche y la pareja Toscani ya se ha retirado al dormitorio. El hombre se desabrocha el pantalón con una sonrisa nerviosa. Ella le responde con otra traviesa. Ambos se funden en pasión, locos, desbocados, liberando sus instintos reprimidos con una avidez desaforada. En el pueblo se escuchan gritos desgarradores, suspiros asfixiantes, jadeos, barbaridades, y un sonido
devastador que se levanta por encima de todos. "¿Los muelles de la cama, cariño?.- No, yo diría que son, más bien..¡campanas!" Y al unísono, el placer y la pasión se unen con el sonido místico que traen los vientos. En este pueblo se siguen escuchando, y se escucharán por siempre, las campanas de la iglesia.
El día que se llevaron las campanas fue un acontecimiento en el pueblo. Los partidarios de su destierro, que, poco a poco, se habían hecho más fuertes y mayoritarios, organizaron una fiesta por todo lo alto, con guisos, bebidas y baile. Hasta el alcalde, que desde un principio había apoyado al párroco y los quehaceres de la iglesia, despotricaba acerca de las campanas blandiendo con singular, y experimentada, habilidad una botella de vino tinto. Hubo hurras y
aplausos cuando fueron descolgadas de la torre, donde, por supuesto, el señor Toscani había hecho los honores cortando el precinto que sellaba la entrada al campanario desde la primera resolución del juez. Cuando las cargaron en la camioneta de los juzgados, que había de llevarlas al almacén, un profundo silencio inundó la plaza. Los ojos de cada uno de los habitantes del pueblo se clavaron en aquellos enormes instrumentos, majestuosos, elegantes, armónicos hasta en su figura, silenciosos guardianes de melodías moduladas para deleitar los oídos; descansaban tranquilos, inmunes a cualquier agravio, recordando, seguro, que habían sido privilegiados espectadores de las locuras humanas que rellenan el tiempo, orgullosos de su condición de divinos objetos, sostenidos tan cerca del cielo, alejados de las palabras vanas, de las promesas absurdas y de la estupidez humana. Las puertas se cerraron y un niño dio una voz, la señal para iniciar el espectáculo de fuegos artificiales que despidió a la camioneta llevándose las campanas requisadas al almacén.
Llega la noche y la pareja Toscani ya se ha retirado al dormitorio. El hombre se desabrocha el pantalón con una sonrisa nerviosa. Ella le responde con otra traviesa. Ambos se funden en pasión, locos, desbocados, liberando sus instintos reprimidos con una avidez desaforada. En el pueblo se escuchan gritos desgarradores, suspiros asfixiantes, jadeos, barbaridades, y un sonido
devastador que se levanta por encima de todos. "¿Los muelles de la cama, cariño?.- No, yo diría que son, más bien..¡campanas!" Y al unísono, el placer y la pasión se unen con el sonido místico que traen los vientos. En este pueblo se siguen escuchando, y se escucharán por siempre, las campanas de la iglesia.
FIN
domingo, noviembre 06, 2005
Las campanas de la iglesia (II)
El conflicto ha traspasado con creces los muros de la casa Toscani y ha dividido al pueblo en dos secciones: los que apoyan a la pareja y los que están del lado de las campanas. A diario se convocan mitines y manifestaciones en pos de una y otra causa, y el Ayuntamiento y las fuerzas de orden público se ven obligados a realizar auténticas piruetas burocráticas para organizar los itinerarios de los manifestantes y evitar que estos se encuentren y lleguen a las manos. La tarea es harto difícil teniendo presente la escasez de calles con la que cuenta el pueblo, y, de una forma u otra, las masas acaban topándose en la plaza Mayor, poniendo en un aprieto a don Giuseppe, la máxima, y única, autoridad del cuerpo de Carabineri, que, para más inri, es el campanero que fabricó las campanas. El pobre hombre se siente en deuda con el matrimonio, por las penurias que dicen pasar, y con toda la gente que les apoya, pues se siente responsable como padre de tan estruendosa creación. Pero precisamente esa faceta paternal es la que , en el fondo, le tira hacia la defensa de los instrumentos musicales, aquellos que hizo con sus manos, derrochando arte y sentimientos, arriesgando la pérdida de su propia esencia en su favor.
Tal fue el revuelo que causó el campaneo que llegaron periodistas de todas partes, de Italia, de Europa, del mundo, para cubrir cumplida información del suceso. El pueblo saltó a la fama, no por su exquisito queso de cabra, ni por sus laureadas cestas de mimbre, ni siquiera por la fábrica de inodoros, que tenía la mayor producción de pastillas para excusados de la zona norte, saltó a la fama por la problemática musico-sexual nacida del campanario, apetitoso bocado para periodistas morbosos, principiantes en busca de su gran historia y profesionales al borde de la jubilación. Desde el alcalde al cabrero, desde la maestra al carpintero, todos fueron entrevistados y avasallados a preguntas, más o menos estúpidas, más o menos relevantes, que en ningún caso ofrecían respuestas al enigma que se cernía sobre el pueblo. El cabrero respondía siempre, con sinceridad, que las cabras no se quejaban; el carnicero aseguraba que los filetes seguían siendo tiernos, "los más tiernos de aquí a Roma", y la maestra afirmaba que los niños aprendían
mucho y muy bien, y que los rumores acerca de ella y el farmaceútico eran absolutamente falsos. Quien más quien menos aprovechaba la presencia de la prensa en el pueblo. Sobre todo el jefe de la oposición al alcalde que se jactaba de que aquello no había ocurrido durante su legislatura y que , por supuesto, de estar en el poder se habría acabado hacía tiempo. No tardó mucho la prensa en quemar el asunto y se fue, con un montón de historias frívolas y ninguna respuesta satisfactoria, por el mismo sitio que había venido. Y las campanas seguían sonando al ritmo que marcaba el impulso sexual de la pareja Toscani.
Tal fue el revuelo que causó el campaneo que llegaron periodistas de todas partes, de Italia, de Europa, del mundo, para cubrir cumplida información del suceso. El pueblo saltó a la fama, no por su exquisito queso de cabra, ni por sus laureadas cestas de mimbre, ni siquiera por la fábrica de inodoros, que tenía la mayor producción de pastillas para excusados de la zona norte, saltó a la fama por la problemática musico-sexual nacida del campanario, apetitoso bocado para periodistas morbosos, principiantes en busca de su gran historia y profesionales al borde de la jubilación. Desde el alcalde al cabrero, desde la maestra al carpintero, todos fueron entrevistados y avasallados a preguntas, más o menos estúpidas, más o menos relevantes, que en ningún caso ofrecían respuestas al enigma que se cernía sobre el pueblo. El cabrero respondía siempre, con sinceridad, que las cabras no se quejaban; el carnicero aseguraba que los filetes seguían siendo tiernos, "los más tiernos de aquí a Roma", y la maestra afirmaba que los niños aprendían
mucho y muy bien, y que los rumores acerca de ella y el farmaceútico eran absolutamente falsos. Quien más quien menos aprovechaba la presencia de la prensa en el pueblo. Sobre todo el jefe de la oposición al alcalde que se jactaba de que aquello no había ocurrido durante su legislatura y que , por supuesto, de estar en el poder se habría acabado hacía tiempo. No tardó mucho la prensa en quemar el asunto y se fue, con un montón de historias frívolas y ninguna respuesta satisfactoria, por el mismo sitio que había venido. Y las campanas seguían sonando al ritmo que marcaba el impulso sexual de la pareja Toscani.
(CONTINUARÁ)
martes, noviembre 01, 2005
Las campanas de la Iglesia
"¡Cariño, no tan rápido! ¡Que esos son los cuartos!.- ¡Joder, ya no cojo el ritmo con las campanadas!". Una y otra noche se repite la historia para el joven matrimonio Toscani. De una forma inexplicable, mística, milagrosa sin duda, las campanas de la Parroquia de la Castidad irrumpen en el acto sexual de la pareja. ¿Será un freno para su lujuria? ¿Un aviso de los cielos? ¿Una señal de cuándo y cómo? ¿Un alegato contra el preservativo? Sea lo que fuere, resulta un toque de queda para el aparato del señor Toscani. Obediente, cual soldado de infantería, rompe filas y se retira a descansar. Este es el grave problema de la pareja que, desde hace cinco años, no se come un rosco. Les resulta absolutamente imposible hacerlo en el pueblo, porque, aunque lo intenten a la más impuntual de las horas (19 h 07 min 35 seg, por ejemplo) siempre suenan las campanas de la parroquia con un vigor inusitado y envidiado por el señor Toscani.
¿Pero cómo es posible que ocurra esto? La señora Toscani echa la culpa al párroco, un anciano de setenta y tres años, un poco descuidado, que suele absolver de sus pecados a la Sagrada Forma y consagrar la celdilla del confesionario, amén de utilizar sus pastillas de la garganta para la comunión y atiborrarse de pan ácimo cuando siente carraspeo. El anciano asegura, no sólo que no toca las campanas, sino que están estropeadas, pues cuando tira de la cuerda escucha un burbujeo y un gorgoteo nada armónico ni celestial. Explicación que no aclara el campaneo pero sí, afortunadamente, dicen las puritanas del pueblo, las largas y puntuales visitas del vicario al retrete de la iglesia. El señor Toscani, don Mario, divaga, sin embargo, por otras teorías. Últimamente ha tomado fuerza la conspiración política, pues, afirma que, como miembro del partido comunista, está siendo objeto de una persecución burda por parte de ciertos militantes del partido demócrata-cristiano, que hacen usos de sus contactos para hacerle la vida imposible.
¿Pero cómo es posible que ocurra esto? La señora Toscani echa la culpa al párroco, un anciano de setenta y tres años, un poco descuidado, que suele absolver de sus pecados a la Sagrada Forma y consagrar la celdilla del confesionario, amén de utilizar sus pastillas de la garganta para la comunión y atiborrarse de pan ácimo cuando siente carraspeo. El anciano asegura, no sólo que no toca las campanas, sino que están estropeadas, pues cuando tira de la cuerda escucha un burbujeo y un gorgoteo nada armónico ni celestial. Explicación que no aclara el campaneo pero sí, afortunadamente, dicen las puritanas del pueblo, las largas y puntuales visitas del vicario al retrete de la iglesia. El señor Toscani, don Mario, divaga, sin embargo, por otras teorías. Últimamente ha tomado fuerza la conspiración política, pues, afirma que, como miembro del partido comunista, está siendo objeto de una persecución burda por parte de ciertos militantes del partido demócrata-cristiano, que hacen usos de sus contactos para hacerle la vida imposible.
CONTINUARÁ
domingo, octubre 09, 2005
Fábula de las tres Cucaburras
Dice la leyenda que en Grecia vivía un sabio ( todos los sabios han vivido siempre en Grecia debido a la exención fiscal que se aplicaba cuando el cociente intelectual superaba 120), que era ornitólogo aficionado y que amaba a estas aves (porque las cucaburras, a pesar de todo, son aves). Un día se planteó ponerles nombre, porque llamándolas pájaros, como hasta ahora, sólo podía distinguirlas de los pajarracos y de los pajarillos. Pensó en "ramonas", en memoria de su abuela, y en "hepatitis", que sonaba bastante griego (también lo sonaban "triquinosis" y "diabetes" pero no le gustaban lo suficiente). Era complicado porque esto de los nombres siempre ha sido cosa de los latinos (en Roma existían exenciones fiscales para los lingüistas), hasta que dio con cucaburra. La explicación es la más estúpida y previsible que os podáis imaginar: para él, estas aves tenían una capacidad de supervivencia similar a la de las cucarachas, y su obstinado empeño en vivir era propio de una burra, y también por qué no, de su abuela Ramona. Así que les puso cucaburras de nombre y aquí se acaba la leyenda. Pero donde acaba una leyenda, a menudo empieza la fábula.
Érase una vez un bosque húmedo, repleto de vegetación, devorada por multitud de insectos, devorados por pequeños reptiles, devorados por cucaburras. (Y aquí me paro, porque si no, acabamos el cuento) Las aves cantaban y cantaban para marcar su territorio, hasta la época de apareamiento, en la que cantaban más bajito sólo por placer. Después, llegaba la época de incubar los huevos hasta que por fin nacían los polluelos. Y allí estaban ellos tres, nuestros protagonistas. Dos de ellos salieron del cascarón a la par, mientras que el tercero se retrasó unos días, por lo que su aspecto siempre fue más débil que el de sus hermanos. Esto de la fortaleza física viene a ser, para la vida en la Naturaleza, como es para la vida en nuestra sociedad humana (o inhumana, según se mire) el dinero. Evitando juicios morales sobre aquellas personas que lo tienen y aquellas otras que no lo tienen, lo que está claro es que quien no tiene ha de cambiarlo por salud ( y dicen las malas lenguas que por amor también se cambia). Así que el polluelo débil pagó su escasez de fortaleza, y su mal momento de nacer, con su salud, que inevitablemente se fue deteriorando porque cuando los padres llegaban con comida, los primeros en meter el pico eran sus hermanos, y además, por dos veces, una en su cabecita y otra en el alimento. Encima (porque no sólo las desgracias no vienen solas sino que a menudo vienen muy mal acompañadas) sobrevino una época de escasez en el bosque. Algo así como menos agua, menos insectos, menos reptiles. Los padres apenas podían cazar, y si encontraban algo eran pequeñas presas. Curiosamente, lo que para los hermanos desarrollados eran migajas, para el pequeño cucaburra significaba seguir o no seguir viviendo. Pero sobrevivía, como las cucarachas, aunque fuera engullendo uno de esos asquerosos gusanos que llegaban hasta su nido. Aún con todo, estaba abocado a la muerte, porque la naturaleza es así de sencilla (¿y cruel?) y sólo los más fuertes y poderosos sobreviven. Si a alguien esto le solivianta, que haga algo si puede y le complace. Pero los animalitos poco pueden hacer, salvo claro, encomendarse a la poderosa y sabia, aunque a veces distraída, Naturaleza. Porque por muy fuerte que uno sea, por muy hábil que sea quitando la comida a su hermanito pequeño, por muchos picotazos que sepas dar en la cabeza ajena, siempre hay otro más poderoso que tú y, sobre todo, con menos escrúpulos.
Me explico. Un día, en el que los hermanos gordotes esperaban a la puerta del nido su ración diaria, mientras el pequeño cucaburra apenas podía abrir los ojos para ver como sus hermanos se cachondeaban de él, una hermosa pitón de trece metros trepó hasta el hueco del árbol, vio a aquellos apetitosos bocados y se enroscó a ellos para después engullirlos. Primero un gordo, y luego otro gordo, y el pequeño cucaburra, acostumbrado a esconderse en el fondo del nido, vio como de repente sus posibilidades de supervivencia se multiplicaron por diez. Así es, que la naturaleza, a veces quiere dar una oportunidad a los más débiles cuando se empeñan en vivir. El pequeño se convirtió en joven y permaneció junto a sus padres en el territorio que algún día sería suyo. Además, cuando sus progenitores decidieron aumentar la familia, él se dedicó a cazar, como el que más, para alimentarles. Y siempre entraba en fondo del nido para asegurarse que el más pequeño había comido. Crecieron todos los polluelos sanos y fuertes y la familia de cucaburras creció, y nuestro sabio de Grecia se dedicó a observarlas.
Como buena fábula, ésta (buena o no ) debería tener moraleja. Si podemos compararnos con los pájaros, si olvidamos que somos animales racionales, o sentimentales, que nos gusta tanto reprimir instintos, que nos distinguen nuestros recuerdos, nuestra historia, y que tenemos más conciencia de la muerte que de la propia vida, podemos encontrarle una moraleja. Yo no la escribo, porque ya no hay exenciones fiscales para los sabios de Grecia.
Érase una vez un bosque húmedo, repleto de vegetación, devorada por multitud de insectos, devorados por pequeños reptiles, devorados por cucaburras. (Y aquí me paro, porque si no, acabamos el cuento) Las aves cantaban y cantaban para marcar su territorio, hasta la época de apareamiento, en la que cantaban más bajito sólo por placer. Después, llegaba la época de incubar los huevos hasta que por fin nacían los polluelos. Y allí estaban ellos tres, nuestros protagonistas. Dos de ellos salieron del cascarón a la par, mientras que el tercero se retrasó unos días, por lo que su aspecto siempre fue más débil que el de sus hermanos. Esto de la fortaleza física viene a ser, para la vida en la Naturaleza, como es para la vida en nuestra sociedad humana (o inhumana, según se mire) el dinero. Evitando juicios morales sobre aquellas personas que lo tienen y aquellas otras que no lo tienen, lo que está claro es que quien no tiene ha de cambiarlo por salud ( y dicen las malas lenguas que por amor también se cambia). Así que el polluelo débil pagó su escasez de fortaleza, y su mal momento de nacer, con su salud, que inevitablemente se fue deteriorando porque cuando los padres llegaban con comida, los primeros en meter el pico eran sus hermanos, y además, por dos veces, una en su cabecita y otra en el alimento. Encima (porque no sólo las desgracias no vienen solas sino que a menudo vienen muy mal acompañadas) sobrevino una época de escasez en el bosque. Algo así como menos agua, menos insectos, menos reptiles. Los padres apenas podían cazar, y si encontraban algo eran pequeñas presas. Curiosamente, lo que para los hermanos desarrollados eran migajas, para el pequeño cucaburra significaba seguir o no seguir viviendo. Pero sobrevivía, como las cucarachas, aunque fuera engullendo uno de esos asquerosos gusanos que llegaban hasta su nido. Aún con todo, estaba abocado a la muerte, porque la naturaleza es así de sencilla (¿y cruel?) y sólo los más fuertes y poderosos sobreviven. Si a alguien esto le solivianta, que haga algo si puede y le complace. Pero los animalitos poco pueden hacer, salvo claro, encomendarse a la poderosa y sabia, aunque a veces distraída, Naturaleza. Porque por muy fuerte que uno sea, por muy hábil que sea quitando la comida a su hermanito pequeño, por muchos picotazos que sepas dar en la cabeza ajena, siempre hay otro más poderoso que tú y, sobre todo, con menos escrúpulos.
Me explico. Un día, en el que los hermanos gordotes esperaban a la puerta del nido su ración diaria, mientras el pequeño cucaburra apenas podía abrir los ojos para ver como sus hermanos se cachondeaban de él, una hermosa pitón de trece metros trepó hasta el hueco del árbol, vio a aquellos apetitosos bocados y se enroscó a ellos para después engullirlos. Primero un gordo, y luego otro gordo, y el pequeño cucaburra, acostumbrado a esconderse en el fondo del nido, vio como de repente sus posibilidades de supervivencia se multiplicaron por diez. Así es, que la naturaleza, a veces quiere dar una oportunidad a los más débiles cuando se empeñan en vivir. El pequeño se convirtió en joven y permaneció junto a sus padres en el territorio que algún día sería suyo. Además, cuando sus progenitores decidieron aumentar la familia, él se dedicó a cazar, como el que más, para alimentarles. Y siempre entraba en fondo del nido para asegurarse que el más pequeño había comido. Crecieron todos los polluelos sanos y fuertes y la familia de cucaburras creció, y nuestro sabio de Grecia se dedicó a observarlas.
Como buena fábula, ésta (buena o no ) debería tener moraleja. Si podemos compararnos con los pájaros, si olvidamos que somos animales racionales, o sentimentales, que nos gusta tanto reprimir instintos, que nos distinguen nuestros recuerdos, nuestra historia, y que tenemos más conciencia de la muerte que de la propia vida, podemos encontrarle una moraleja. Yo no la escribo, porque ya no hay exenciones fiscales para los sabios de Grecia.
jueves, octubre 06, 2005
Sueño freudiano
Ultimamente tengo el mismo sueño. Uno de esos sueños tan extraños y desconcertantes que parecen una película francesa, o, a lo peor, sueca. Me despierto en una gran cama de matrimonio con un dedo metido en el ojo. Es el de mi esposa, que duerme a mi lado con tan dañina postura. Me levanto y piso un perro que reacciona de mala manera y se afila sus dientes en mis tobillos. Cuando termina de devorarme el pie saca un cepillo de dientes y se los lava mientras canta New York, New York. Yo, estupefacto, salgo de la habitación con tres pies en vez de uno, y camino con singular pericia dirigiéndome a la cocina. Después de desayunar, me visto y salgo de casa a por el coche, para dirigirme al trabajo. A pesar de tener un enorme espacio para maniobrar no consigo sacarlo de la acera. Entonces oigo un golpe en la parte trasera que me estremece. He atropellado a mi vecina. Ella sonríe porque sabe que no tengo carné de conducir y me despide con el fémur en la mano. Mientras espero en un sémaforo el coche se llena de agua, yo abro las ventanillas para poder respirar y un guardia me pone una multa por verter pececillos de colores a la calzada. "Si hubiesen sido sardinas no hubiese pasado nada", replica. Entonces mi volante se convierte en un pato con los ojos azules que me suelta un discurso sobre el nihilismo. Yo me largo por el tubo de escape y empiezo a correr como un poseso. Todos son patos, menos mi vecina que es un arenque del Atlántico Norte, y, además, lee a Sartre. Doblo la esquina y me encuentro en la escuela de mi infancia. Todos van sin zapatos y con chinchetas en la nariz. Uno de los niños se acerca y me cuenta las leyes de Maxwell, después se transforma en torero y da tres pases de pecho a un cerdo ibérico. Intento escapar pero no puedo porque la mitad de mi cuerpo se ha convertido en portería de fútbol. Cientos de niños llegan con sus balones para chutar a gol. Mientras soy ultrajado de aquella manera, un pajarito se posa en mi hombro y me susurra al oído: "El proceso del trabajo está definido por actividades del hombre orientadas a la transformación de los objetos naturales" . Yo le intento contestar pero solo puedo decir "una barra de pan, por favor" y "me gusta la conquiliología". Esto último no sé lo que significa pero el pájaro se va aterrado silbando La Bien Pagá. Me doy cuenta de que he recobrado mis piernas y que puedo escapar, pero no quiero porque frente a mí desfila una modelo desnuda que anuncia pastillas para la garganta. Yo carraspeo para llamar su atención, pero me ignora; es más, me vuelvo tísico con la sola esperanza de cruzar nuestras miradas pero ella se coge del brazo de un viejecito en perfecto estado de salud que grita excitado y con espuma en la boca:"¡El tamaño no importa! ¡La impotencia tiene cura!" Ahora sí me invade el pánico y corro por calles desconocidas. Entro en una casa que resulta ser la mía. Voy al dormitorio y hallo a mi mujer dormida con el dedo pulgar del pie hundido en uno de sus ojos. Me siento cansado y me acuesto.
Entonces me despierto de verdad, sudoroso. No pasa nada. Mi mujer sigue a mi lado con los ojos libres de dedos. El perro duerme junto al pato y la casa sólo se ve perturbada por el abuelo, que corre, como siempre, tras la enfermera, gritando a pleno pulmón: ¡Espera! ¡El tamaño no importa! ¡La impotencia tiene cura!
Entonces me despierto de verdad, sudoroso. No pasa nada. Mi mujer sigue a mi lado con los ojos libres de dedos. El perro duerme junto al pato y la casa sólo se ve perturbada por el abuelo, que corre, como siempre, tras la enfermera, gritando a pleno pulmón: ¡Espera! ¡El tamaño no importa! ¡La impotencia tiene cura!
miércoles, septiembre 28, 2005
El pez volador
Junto a las tranquilas y templadas aguas del pacífico sur existía una pequeña isla cocotera. Allí vivía el Ave del Paraíso, hermosa, coqueta, ovípara y vertebrada. El bello plumaje que la vestía y que exhibía en vuelo con todo su esplendor era envidiado por otras aves y admirado por todos los animalitos que por la isla correteaban. Por todos, incluso por un pececillo que todas las mañanas se acercaba a la orilla para observar los gráciles movimientos de la hembra emplumada. Estaba enamorado de ella y, aunque pensaba que un "cacho carne de conserva" como él no tenía ninguna oportunidad, a la pajarita marina no le había pasado desapercibida la atención y la estima que el teleósteo le profesaba. Así, un día, ella se acercó a la orilla y se dirigió a él. De cómo los seres terrestres (y extraterrestres quizás) se conocen y se enamoran no es el tema del cuento, así que os podéis imaginar mil y un detalles que juntos crearon un gran amor, un amor tan fuerte que unió a dos seres tan distintos.
Pero no acaba aquí la historia, sino que empieza, porque la vida marital es por encima de cualquier calificativo complicada. El primer problema surgió a raíz de la instalación del nuevo hogar donde debería refugiarse y crecer su valiente amor. El ave, por supuesto, prefería los espacios abiertos, aire puro, algo de campo e insectos. El pez, por el contrario, le horrorizaba la vida urbana (isleña en este caso) y prefería el romper libre de las olas, los vaivenes de la marea y, claro, la presencia inevitable del líquido elemento, para él , si cabe, más importante que la preciosa ave de sus sueños. Ella admitió su necesidad de agua pero no sin hacer antes comentarios ultrajantes acerca de su "pobre y arcaica forma de respirar". Subsanaron el problema construyendo un precioso nido-cueva en la orilla junto a unos arrecifes de coral. Aquel nido, hecho con ramas y algas, estaba provisto de lo más esencial para una relación que acaba de empezar: un dormitorio, un baño, cocina con "office", una espaciosa bodega inundada y una terracita empotrada en las rocas. Espacio que fue suficiente hasta que al plumífero le invadieron los instintos maternales. "Quiero tener crías" fue el sorprendente e inquietante anhelo que le transmitió al pececillo. Él estimó que aquella petición era del todo imposible, un desafío impenetrable incluso para la todopoderosa Naturaleza. Ella confiaba en sus posibilidades y le comentaba planes contorsionistas para llevar a cabo la consumación matrimonial hasta entonces aparcada. De las relaciones, torpezas, fantasías y desviaciones sexuales se han escrito multitud de tratados, pero tampoco es el tema de este cuento contar cómo lo lograron. Pero lo lograron. El ave quedó en estado de buena esperanza y puso una especie de huevo gelatinoso del cual nació una hermosa cría. Tenía los ojos saltones de su padre, los vivos colores de su madre, y unas alitas que le permitían abandonar el agua durante algunos segundos.
Así nació el pez volador, fruto de un amor, a priori, imposible de sostener, que no sólo sobrevivío, sino que marcó un antes y un después en materia de apareamientos, y dejó patente la habilidad vital de hacer los sueños realidad.
Pero no acaba aquí la historia, sino que empieza, porque la vida marital es por encima de cualquier calificativo complicada. El primer problema surgió a raíz de la instalación del nuevo hogar donde debería refugiarse y crecer su valiente amor. El ave, por supuesto, prefería los espacios abiertos, aire puro, algo de campo e insectos. El pez, por el contrario, le horrorizaba la vida urbana (isleña en este caso) y prefería el romper libre de las olas, los vaivenes de la marea y, claro, la presencia inevitable del líquido elemento, para él , si cabe, más importante que la preciosa ave de sus sueños. Ella admitió su necesidad de agua pero no sin hacer antes comentarios ultrajantes acerca de su "pobre y arcaica forma de respirar". Subsanaron el problema construyendo un precioso nido-cueva en la orilla junto a unos arrecifes de coral. Aquel nido, hecho con ramas y algas, estaba provisto de lo más esencial para una relación que acaba de empezar: un dormitorio, un baño, cocina con "office", una espaciosa bodega inundada y una terracita empotrada en las rocas. Espacio que fue suficiente hasta que al plumífero le invadieron los instintos maternales. "Quiero tener crías" fue el sorprendente e inquietante anhelo que le transmitió al pececillo. Él estimó que aquella petición era del todo imposible, un desafío impenetrable incluso para la todopoderosa Naturaleza. Ella confiaba en sus posibilidades y le comentaba planes contorsionistas para llevar a cabo la consumación matrimonial hasta entonces aparcada. De las relaciones, torpezas, fantasías y desviaciones sexuales se han escrito multitud de tratados, pero tampoco es el tema de este cuento contar cómo lo lograron. Pero lo lograron. El ave quedó en estado de buena esperanza y puso una especie de huevo gelatinoso del cual nació una hermosa cría. Tenía los ojos saltones de su padre, los vivos colores de su madre, y unas alitas que le permitían abandonar el agua durante algunos segundos.
Así nació el pez volador, fruto de un amor, a priori, imposible de sostener, que no sólo sobrevivío, sino que marcó un antes y un después en materia de apareamientos, y dejó patente la habilidad vital de hacer los sueños realidad.
martes, septiembre 27, 2005
Grandes fracasos: ¡Franklin que te la cargas!
Sus padres pertenecían al sistema cegesimal, que, por aquella época, estaba muy mal visto. Pero a él no le importaba. Era un niño muy feliz que corría con su cometa enrrollada a la oreja, mientras pinchaba a su hermanito en la rabadilla con un palito, a la sazón, un pararrayos. "¡Cuando lo enchufe...!"- amenazaba a sus corvas fraternales. Y andaba su madre experimentando por allí con los aparatos de su padre, y gritaba a su hijo: "¡Que te la cargas, Franklin, que te la cargas!" Y se la cargó, eléctricamente. Y ya se sabe lo que ocurre, se pone tiesa, se pone tiesa..., la cometa, claro. Así descubrió Benjamín al Coulombio, un tío muy feo, muy feo, y dividido por el cuadrado de la distancia. Coulomb, que era un poco sarasa, le decía:"¡Tú te tienes que relacionar conmigo!", -"¡Ah, no, yo ni hablar!",-decía Franklin. Pero como suele suceder, esto llegó a París. Pero no, no fueron a por niños como se podía pensar, ¡no!, ¡ni lo más remoto!; el día 15 de septiembre de 1786 entró Franklin a caballo del señor Coulomb, que se dejó los cuadrados en el camino. Cruzaron el Arco del Triunfo, y allí, en lo campos del tal Elíseo, señor muy rico e influyente, exclamó:"¡Tengo la ley!".-"¡Oh, cuanto lo sentimos señor, no tenemos medicinas para esa enfermedad!",- decían los parisinos que iban a su bola. "Arrevouire", o algo así decán. Así que Franklin murió por ley, como todos, y coloumb, Coulomb, Culomb, bueno..., uno de ellos, murió eléctricamente suicidado al meterse los dedos en la garganta. Sus familiares les compraron un panteón en el que reza el epitafio: 1C=300000 Franklin.
lunes, septiembre 19, 2005
Historia de un escritor olvidado
Aunque el tiempo que le dedicaba a la lectura era ciertamente escaso, Don Timoteo era una apasionado de las letras. En sus conversaciones siempre cuidaba al máximo la elección de su vocabulario para dar con la palabra adecuada que garantizase el entendimiento de su discurso y, pese a que pocas veces lograba no ser ambiguo, confuso o prolijo, su afición al lenguaje, al buen uso del lenguaje, no disminuía un ápice. Pero lo que más le fascinaba era la posibilidad de crear con palabras personajes, historias, emociones... todo aquello le generaba un estado próximo al shock.
Pero sus obras nunca tuvieron la aceptación de la crítica a pesar de su irrefutable calidad. Como muestra exponemos a continuación una de sus cuentos cortos:
"El sereno del pueblo era un hombre joven, curtido, zurdo para escribir y valiente en su trabajo aun cuando se hacía pis en la cama desde los tres años."
¿Quién puede negar la fuerza de esta historia? Nadie, desde Cervantes y su Quijote, ha sido capaz de resumir en sólo unas líneas el carácter y los móviles de un caballero andante. ¿Y acaso sabe alguien si Don Alonso Quijano era zurdo o diestro? Pues no fue suficiente esta pequeña crítica de la vida nocturna y su maravilloso retrato de unas sábanas perpetuamente mojadas para ganarse el respaldo de los especialistas. Sin embargo logró publicarlo en la parte posterior de una caja de cereales y con el dinero que sacó sobrevivió para sacar adelante un nuevo proyecto. Este necesitó de un profundo trabajo de investigación.
Durante semanas se introdujo en ambientes insanos, desconocidos, peligrosos por tanto, y se codeó con gente maltratada por la vida que no sabía lo que era una declaración de la renta negativa. Todo aquello le dejó una profunda huella (la del portero del night club que le echó a patadas) y cambió radicalmente su existencia, pues al tropezar con la acera fue a caer en mitad de la calzada mientras pasaba uno de los silenciosos camiones de basura de la ciudad. Fue en el hospital donde gestó su siguiente obra:
"Si hay algo peor que la comida del hospital es que te operen sin anestesia y se dejen en el páncreas una radio encendida con el Carrusel Deportivo."
Obra claramente autobiográfica que manifiesta con singular sencillez la incomodidad que puede llegar a sufrir el bazo compartiendo espacio con un ingenio electrónico. Y a pesar de ese maravilloso retrato, un tanto ácido eso sí, del día a día hospitalario, tampoco éste recaló en los lectores como era su ilusión. Alguien podría pensar que ante semejante fracaso Don Timoteo dudó si continuar o no su carrera literaria, pero no fue así ni por un momento. El destino se cruzó en su camino, saltándose un semáforo en rojo, y, dando parte del siniestro, conoció a una afable muchachita que se convirtió en su esposa horas más tarde. La inspiración surgía de aquella dulce mirada, aumentada siete veces por las gruesas gafas de la muchacha, como si de una cascada de ideas y palabras se tratase. No podía ser menos nuestro incomparable autor y dejó que el amor modelara sus mejores creaciones, entre las cuales destaca el sublime diálogo entre enamorados:
-Cariño, ¿qué vamos a hacer esta noche?
-Lo que tú quieras, cielo.
-No. Lo que tu quieras.
-Me da igual. Lo que tu quieras.
-Lo que tu quieras es igual.
-Igual es si tu lo quieres.
-Yo quiero lo que tu quieras.
-Lo que yo quiero es que quieras algo.
-Esta bien. Lo que tu quieras.
-Lo que tu quieras está bien.
-Bien está lo que bien acaba.
-Bien acaba si tu quieres, cielo.
-Como quieras, cariño ¿Qué vamos a hacer esta noche?
¡Por fin un éxito de ventas! Inexplicable para los críticos pero absolutamente arrollador en las listas de venta. ¿Y qué se puede esperar si no de un resumen tan conciso y tan denso de las relaciones de pareja? Jamás un autor había sido capaz de plasmar con tal simplicidad la problemática de la separación en la humanidad y la angustia que provoca una vida sin amor. Una segunda lectura invita a una reflexión sobre la voluntad y la libertad, así como acerca de los problemas que puede ocasionar el cancelar una reserva el viernes por la noche. Pero la fama no cambió el caracter de Don Timoteo, profundamente entregado a la locura de escribir. Ahora se debía a sus lectores que esperaban de él la magia de sus anteriores obras, ese algo inexplicable que provoca atracción y que por ponerle nombre lo denominamos magia aunque también podríamos llamarlo encefalopatía.
En esa época esplendorosa se dedicó a viajar por todo el mundo recogiendo experiencias y nacieron títulos como "El último vagón del Metro", "La taquillera del Cercanías", "Confusión con el revisor" y la maravillosa "Volver andando a casa". Todas ellas coparon los primeros puestos de ventas generando unos beneficios inusitados en el mundo del libro. ¿Y por qué hemos olvidado a un autor tan relevante en nuestra historia moderna? Esa es la pregunta que lanzo a la sociedad aunque la comparen con aquella otra tan famosa, y, erróneamente atribuida a mi pluma, ¿está siempre encendida la luz del frigorífico? Ambas requieren un cuidadoso análisis antes de aventurarse a dar una respuesta tajante. Yo, como defensor de Don Timoteo, no puedo sino contestar con uno de sus brillantes aforismos:
"No desplumes al pichón si vas a hacer spaghetti a la carbonara"
Pero sus obras nunca tuvieron la aceptación de la crítica a pesar de su irrefutable calidad. Como muestra exponemos a continuación una de sus cuentos cortos:
"El sereno del pueblo era un hombre joven, curtido, zurdo para escribir y valiente en su trabajo aun cuando se hacía pis en la cama desde los tres años."
¿Quién puede negar la fuerza de esta historia? Nadie, desde Cervantes y su Quijote, ha sido capaz de resumir en sólo unas líneas el carácter y los móviles de un caballero andante. ¿Y acaso sabe alguien si Don Alonso Quijano era zurdo o diestro? Pues no fue suficiente esta pequeña crítica de la vida nocturna y su maravilloso retrato de unas sábanas perpetuamente mojadas para ganarse el respaldo de los especialistas. Sin embargo logró publicarlo en la parte posterior de una caja de cereales y con el dinero que sacó sobrevivió para sacar adelante un nuevo proyecto. Este necesitó de un profundo trabajo de investigación.
Durante semanas se introdujo en ambientes insanos, desconocidos, peligrosos por tanto, y se codeó con gente maltratada por la vida que no sabía lo que era una declaración de la renta negativa. Todo aquello le dejó una profunda huella (la del portero del night club que le echó a patadas) y cambió radicalmente su existencia, pues al tropezar con la acera fue a caer en mitad de la calzada mientras pasaba uno de los silenciosos camiones de basura de la ciudad. Fue en el hospital donde gestó su siguiente obra:
"Si hay algo peor que la comida del hospital es que te operen sin anestesia y se dejen en el páncreas una radio encendida con el Carrusel Deportivo."
Obra claramente autobiográfica que manifiesta con singular sencillez la incomodidad que puede llegar a sufrir el bazo compartiendo espacio con un ingenio electrónico. Y a pesar de ese maravilloso retrato, un tanto ácido eso sí, del día a día hospitalario, tampoco éste recaló en los lectores como era su ilusión. Alguien podría pensar que ante semejante fracaso Don Timoteo dudó si continuar o no su carrera literaria, pero no fue así ni por un momento. El destino se cruzó en su camino, saltándose un semáforo en rojo, y, dando parte del siniestro, conoció a una afable muchachita que se convirtió en su esposa horas más tarde. La inspiración surgía de aquella dulce mirada, aumentada siete veces por las gruesas gafas de la muchacha, como si de una cascada de ideas y palabras se tratase. No podía ser menos nuestro incomparable autor y dejó que el amor modelara sus mejores creaciones, entre las cuales destaca el sublime diálogo entre enamorados:
-Cariño, ¿qué vamos a hacer esta noche?
-Lo que tú quieras, cielo.
-No. Lo que tu quieras.
-Me da igual. Lo que tu quieras.
-Lo que tu quieras es igual.
-Igual es si tu lo quieres.
-Yo quiero lo que tu quieras.
-Lo que yo quiero es que quieras algo.
-Esta bien. Lo que tu quieras.
-Lo que tu quieras está bien.
-Bien está lo que bien acaba.
-Bien acaba si tu quieres, cielo.
-Como quieras, cariño ¿Qué vamos a hacer esta noche?
¡Por fin un éxito de ventas! Inexplicable para los críticos pero absolutamente arrollador en las listas de venta. ¿Y qué se puede esperar si no de un resumen tan conciso y tan denso de las relaciones de pareja? Jamás un autor había sido capaz de plasmar con tal simplicidad la problemática de la separación en la humanidad y la angustia que provoca una vida sin amor. Una segunda lectura invita a una reflexión sobre la voluntad y la libertad, así como acerca de los problemas que puede ocasionar el cancelar una reserva el viernes por la noche. Pero la fama no cambió el caracter de Don Timoteo, profundamente entregado a la locura de escribir. Ahora se debía a sus lectores que esperaban de él la magia de sus anteriores obras, ese algo inexplicable que provoca atracción y que por ponerle nombre lo denominamos magia aunque también podríamos llamarlo encefalopatía.
En esa época esplendorosa se dedicó a viajar por todo el mundo recogiendo experiencias y nacieron títulos como "El último vagón del Metro", "La taquillera del Cercanías", "Confusión con el revisor" y la maravillosa "Volver andando a casa". Todas ellas coparon los primeros puestos de ventas generando unos beneficios inusitados en el mundo del libro. ¿Y por qué hemos olvidado a un autor tan relevante en nuestra historia moderna? Esa es la pregunta que lanzo a la sociedad aunque la comparen con aquella otra tan famosa, y, erróneamente atribuida a mi pluma, ¿está siempre encendida la luz del frigorífico? Ambas requieren un cuidadoso análisis antes de aventurarse a dar una respuesta tajante. Yo, como defensor de Don Timoteo, no puedo sino contestar con uno de sus brillantes aforismos:
"No desplumes al pichón si vas a hacer spaghetti a la carbonara"
martes, septiembre 13, 2005
Grandes fracasos: La familia Fibonacci
Aquella era una sucesión muy mona. Muy mona y muy tonta, tanto que no pudo resistirse a los piropos de un galán italiano, a la sazón, Fibonacci. Se casaron y vivieron felices, pero a los tres días se torció la cosa.
- Aquí falta algo, - decía Don Vito- a esa 'a' le falta sub ene.
¿Y qué es una familia sin sub nenes y sub nenas? Nada, claro. Así que se pusieron manos a la obra, pagaron al capataz, y a los tres meses tuvieron un precioso edificio con dos nenes dentro. Fibonacci estaba eufórico, y le dijo a su mujer:
- ¡Vamos a tener otro, vamos! Pero no uno cualquiera, no. Tendremos un nene tal que n = n-1 + n-2.
Así que tuvieron muchos nenes y todos comían acelgas en salsa Fibonacci, que le salía muy bien, pero que muy bien, al padre. Y Don Vito le animaba a su hijo:
- Vamos, hombre, tienes que ir a por el término general.
Y él se olvidó del método Ogino, y utilizó el método por inducción, sobre n, claro. Pero aquella sucesión era muy celosa y no le dejó pobrarlo con n+1.
-¡Con esa pelandusca no te acuestas!, -decía irritada.
Así que Fibonacci dejó a la sucesión y se fue a cazar conejos. Y esta es la famosa historia de la familia Fibonacci.
- Aquí falta algo, - decía Don Vito- a esa 'a' le falta sub ene.
¿Y qué es una familia sin sub nenes y sub nenas? Nada, claro. Así que se pusieron manos a la obra, pagaron al capataz, y a los tres meses tuvieron un precioso edificio con dos nenes dentro. Fibonacci estaba eufórico, y le dijo a su mujer:
- ¡Vamos a tener otro, vamos! Pero no uno cualquiera, no. Tendremos un nene tal que n = n-1 + n-2.
Así que tuvieron muchos nenes y todos comían acelgas en salsa Fibonacci, que le salía muy bien, pero que muy bien, al padre. Y Don Vito le animaba a su hijo:
- Vamos, hombre, tienes que ir a por el término general.
Y él se olvidó del método Ogino, y utilizó el método por inducción, sobre n, claro. Pero aquella sucesión era muy celosa y no le dejó pobrarlo con n+1.
-¡Con esa pelandusca no te acuestas!, -decía irritada.
Así que Fibonacci dejó a la sucesión y se fue a cazar conejos. Y esta es la famosa historia de la familia Fibonacci.
martes, septiembre 06, 2005
Cooper: El eslabón perdido (IV)
- Umga.
- Dios, qué golpe.
- Umga, umga.
- Disculpe, ¿sabe cómo volver a la fábrica “El Ternerillo?
- Ahhh, jara crude umga.
- Veo que no.
Aquel hombre no hubiera pasado por más que un hincha del Liverpool o quizá del Chelsea. Su forma de vestir dejaba que desear, pero quién no, en estas fechas todos esperan a las rebajas de enero. De pronto sonrió y la pieza encajó en el rompecabezas. No encajó del todo porque abandoné mis cursillos de odontología por correspondencia en el tercer fascículo. Pero estaba claro que aquel premolar y aquel hombre estaban hechos el uno para el otro. Acababa de encontrar el eslabón perdido.
- Yo, Cooper. Tú..., yo que sé, chita.
- Y tu puta madre.
- ¡¿Hablas?!
- Pues claro, coño. Si es que uno ya no puede ni volver a sus orígenes.
- ¿Pero qué orígenes?
- Pues como papá y mamá. Desde que me descongelé todo se ha vuelto complejo.
- Así que el viejo tenía razón, eres un Neandertal de esos.
- No exactamente. Mi padre era Neandertal y mi madre Cromagnon. Un día se encontraron en las montañas...
- ...y surgió el flechazo.
- Más bien, el “lanzazo”. Mi padre la confundió con una gacela y estuvo a punto de atravesarla pero por fortuna falló. Se pusieron a hablar, o a gruñir, y mi madre, que acababa de descubrir la agricultura, se lo llevó al huerto.
- ¿Y qué sucedió contigo?
- Un día cazando nos sorprendió el glaciar y quedé congelado en las montañas. Después no sé más. Una mañana te despiertas en la montaña con trece años y un taparrabos, sabiendo lo que pasa por las mañanas, y me encuentro en un mundo diferente. He tratado de camuflarme como una más de esas extrañas criaturas que sois, pero... Aprendí vuestra primitiva lengua y me embarqué en una nueva vida sin rumbo. Ya crecido, viajando en un autobús sucedió aquello. Una señora me preguntó, “¿se baja usted en la próxima?", y yo, espontáneamente, respondí, "me alegro de que me haga esa pregunta porque es algo que nos interesa, sin duda, a usted y a mí, y centrará toda mi atención en los próximos días." Y entonces supe que mi destino era convertirme en político.
El hombre primitivo había cumplido su sueño de ser político, y se había convertido en uno de los más respetados, pues a todos deslumbraba su inteligencia. No era normal tanta inteligencia en el Congreso. Pero con los años se hartó de tanta tontería alrededor. Huyo de la necedad de sus compañeros, de los hombres, de sus tonterías, de su estúpida civilización, para seguir siendo neandertal y cromagnon.
Di noticia del hallazgo al doctor P.Elvis con una condición: que sus estudios no se hicieran públicos hasta la muerte del hombre primitivo. Su ansía investigadora le hizo aceptar y se fue a vivir a los bosques con el susodicho.
En estas fechas entrañables a uno le llena la esperanza y la ilusión. Aunque lo que más llena, sin duda, son el pavo relleno de mi madre y los entremeses que prepara mi padre. Una vez más, mis fuertes brazos trincharon el ave y puede disfrutar en familia de esa Feliz Navidad con la satisfacción del trabajo bien hecho y con la certeza de aquel colmillo que acababa de encontrar en el pavo tendría un dueño y una historia verdadera.
- Dios, qué golpe.
- Umga, umga.
- Disculpe, ¿sabe cómo volver a la fábrica “El Ternerillo?
- Ahhh, jara crude umga.
- Veo que no.
Aquel hombre no hubiera pasado por más que un hincha del Liverpool o quizá del Chelsea. Su forma de vestir dejaba que desear, pero quién no, en estas fechas todos esperan a las rebajas de enero. De pronto sonrió y la pieza encajó en el rompecabezas. No encajó del todo porque abandoné mis cursillos de odontología por correspondencia en el tercer fascículo. Pero estaba claro que aquel premolar y aquel hombre estaban hechos el uno para el otro. Acababa de encontrar el eslabón perdido.
- Yo, Cooper. Tú..., yo que sé, chita.
- Y tu puta madre.
- ¡¿Hablas?!
- Pues claro, coño. Si es que uno ya no puede ni volver a sus orígenes.
- ¿Pero qué orígenes?
- Pues como papá y mamá. Desde que me descongelé todo se ha vuelto complejo.
- Así que el viejo tenía razón, eres un Neandertal de esos.
- No exactamente. Mi padre era Neandertal y mi madre Cromagnon. Un día se encontraron en las montañas...
- ...y surgió el flechazo.
- Más bien, el “lanzazo”. Mi padre la confundió con una gacela y estuvo a punto de atravesarla pero por fortuna falló. Se pusieron a hablar, o a gruñir, y mi madre, que acababa de descubrir la agricultura, se lo llevó al huerto.
- ¿Y qué sucedió contigo?
- Un día cazando nos sorprendió el glaciar y quedé congelado en las montañas. Después no sé más. Una mañana te despiertas en la montaña con trece años y un taparrabos, sabiendo lo que pasa por las mañanas, y me encuentro en un mundo diferente. He tratado de camuflarme como una más de esas extrañas criaturas que sois, pero... Aprendí vuestra primitiva lengua y me embarqué en una nueva vida sin rumbo. Ya crecido, viajando en un autobús sucedió aquello. Una señora me preguntó, “¿se baja usted en la próxima?", y yo, espontáneamente, respondí, "me alegro de que me haga esa pregunta porque es algo que nos interesa, sin duda, a usted y a mí, y centrará toda mi atención en los próximos días." Y entonces supe que mi destino era convertirme en político.
El hombre primitivo había cumplido su sueño de ser político, y se había convertido en uno de los más respetados, pues a todos deslumbraba su inteligencia. No era normal tanta inteligencia en el Congreso. Pero con los años se hartó de tanta tontería alrededor. Huyo de la necedad de sus compañeros, de los hombres, de sus tonterías, de su estúpida civilización, para seguir siendo neandertal y cromagnon.
Di noticia del hallazgo al doctor P.Elvis con una condición: que sus estudios no se hicieran públicos hasta la muerte del hombre primitivo. Su ansía investigadora le hizo aceptar y se fue a vivir a los bosques con el susodicho.
En estas fechas entrañables a uno le llena la esperanza y la ilusión. Aunque lo que más llena, sin duda, son el pavo relleno de mi madre y los entremeses que prepara mi padre. Una vez más, mis fuertes brazos trincharon el ave y puede disfrutar en familia de esa Feliz Navidad con la satisfacción del trabajo bien hecho y con la certeza de aquel colmillo que acababa de encontrar en el pavo tendría un dueño y una historia verdadera.
FIN
jueves, septiembre 01, 2005
Cooper: El eslabón perdido (III)
Después de saborear el menú de degustación, con descubrimiento de falsas pistas incluido, me dirigí a las fábricas de “El Ternerillo” y fingí ser un inspector de sanidad. No tuve que disfrazarme demasiado, pues en esas leyendas urbanas que hablan de la aparición de estos personajes, y de sus primos, los inspectores de trabajo, nadie ha conseguido describir de forma fidedigna su aspecto.
- Muy buenas. Vengo a realizar una inspección de sanidad.
- Vaya, creía que era una leyenda urbana... Sí, pase por aquí.
- No, gracias, si no quiero ver el gimnasio de la empresa. Lo que quiero ver es la fábrica de hamburguesas.
- Ah, claro, qué despiste. Uno se pasa el día viendo toros y vacas y ya no sabe dónde...
- Le seré claro. No me importan las ratas que corretean por aquí, ni el enjambre de moscas que anida en aquella prensa. Puedo hacer que no he visto a ese perro al que le faltan los traseros e, incluso, aunque me molesta, pasaré por alto las cucarachas que tratan de trepar por mi pernera. Sólo quiero saber de dónde salió este premolar.
- Déjeme ver... Pues la verdad no... Espere, quizá tenga que ver con aquel loco. Hace unas semanas entró en la fábrica un hombre desaliñado con un aspecto bastante animal. Estuvimos a punto de triturarle. Le hincó el diente a una de aquellas piezas de ternera y después se fue aullando. Supongo que tenía hambre.
Ya le estaba estrechando el círculo y eso seguramente podía doler. Me dirigí a los bosques colindantes con la esperanza de encontrar alguna huella. Sólo encontré algunas latas, unos billetes, una diana electrónica y un berbiquí. Ni rastro del eslabón perdido. Pasado el tiempo decidí volver a casa y dejar definitivamente el caso hasta la vuelta de las Navidades pero algo en mi interior me lo impedía. Algo que algunas personas tienen y otras no. Algo que incluso tienen las palomas: sentido de la orientación. Me había perdido por completo y no tenía ni idea de por dónde tirar. Ya sabía yo que ir sin norte por la vida me pasaría factura en algún momento. Miré hacia el cielo intentándome guiar por las estrellas pero aquello era enjambre de luces blancas sin sentido. Un carrito, un escorpión..., ya podían formarse para hacer un cartel que señalara a la carretera más cercana. Sólo puede pasar una cosa cuando se mira hacia el cielo con tal desorientación y es que una enorme rama te golpeé a la altura de la barbilla con precisión boxeadora.
- Muy buenas. Vengo a realizar una inspección de sanidad.
- Vaya, creía que era una leyenda urbana... Sí, pase por aquí.
- No, gracias, si no quiero ver el gimnasio de la empresa. Lo que quiero ver es la fábrica de hamburguesas.
- Ah, claro, qué despiste. Uno se pasa el día viendo toros y vacas y ya no sabe dónde...
- Le seré claro. No me importan las ratas que corretean por aquí, ni el enjambre de moscas que anida en aquella prensa. Puedo hacer que no he visto a ese perro al que le faltan los traseros e, incluso, aunque me molesta, pasaré por alto las cucarachas que tratan de trepar por mi pernera. Sólo quiero saber de dónde salió este premolar.
- Déjeme ver... Pues la verdad no... Espere, quizá tenga que ver con aquel loco. Hace unas semanas entró en la fábrica un hombre desaliñado con un aspecto bastante animal. Estuvimos a punto de triturarle. Le hincó el diente a una de aquellas piezas de ternera y después se fue aullando. Supongo que tenía hambre.
Ya le estaba estrechando el círculo y eso seguramente podía doler. Me dirigí a los bosques colindantes con la esperanza de encontrar alguna huella. Sólo encontré algunas latas, unos billetes, una diana electrónica y un berbiquí. Ni rastro del eslabón perdido. Pasado el tiempo decidí volver a casa y dejar definitivamente el caso hasta la vuelta de las Navidades pero algo en mi interior me lo impedía. Algo que algunas personas tienen y otras no. Algo que incluso tienen las palomas: sentido de la orientación. Me había perdido por completo y no tenía ni idea de por dónde tirar. Ya sabía yo que ir sin norte por la vida me pasaría factura en algún momento. Miré hacia el cielo intentándome guiar por las estrellas pero aquello era enjambre de luces blancas sin sentido. Un carrito, un escorpión..., ya podían formarse para hacer un cartel que señalara a la carretera más cercana. Sólo puede pasar una cosa cuando se mira hacia el cielo con tal desorientación y es que una enorme rama te golpeé a la altura de la barbilla con precisión boxeadora.
(CONTINUARÁ)
martes, agosto 30, 2005
Cooper: El eslabón perdido (II)
- ¿Qué era?
- Era un premolar de un hombre adulto, de unos treinta y cinco años. Así, a simple vista, no podía determinar su origen y complexión, pero estaba seguro de que aquello formaba parte de una mandíbula humana. Cuando el encargado se acercó para ver que ocurría, me limité a vomitar sobre sus pantalones y me marché apresuradamente con la pieza dental en el bolsillo. Un impulso febril, e irracional, como todos los impulsos, me indujo a dirigirme al laboratorio donde me encerré para trabajar. Estuve allí recluido durante semanas, sin apenas comer pues había descartado pedir hamburguesas a domicilio, y mucho menos me atrevía con la comida china que, según un estudio publicado en Nature, encerraba los misterios del origen de la vida. Sólo me quedaba las pizzas, pero poco a poco había agotado todas las combinaciones posibles de ingredientes y, además, últimamente gesticulaba demasiado y mis pensamientos solían vagar por las lindes de Sofía Loren...
- Ejem... Hablando de vagar y divagar.... Señor Elvis, faltan dos días para Navidad y aunque me encantaría seguir hablando con usted hasta la misa del Gallo me temo que mis padres reclamarían pronto estos fuertes brazos para trinchar el pavo. ¿Podemos ir al grano? ¿Me puede decir qué quiere que investigue?
- Oh, sí, disculpe. Es sencillo, quiero que encuentre al dueño de ese premolar.
- Ahá. Y aparte de saber que le faltar una muela, ¿me podría dar alguna otra pista que sea de utilidad?
- Pues verá, según mis cálculos debe tener unos 50.000 años. Supongo que ha permanecido congelado en alguna parte de las montañas y ahora pulula por la ciudad. Ignoro más datos de él, aparte de los que le he contado.
Aunque realmente resultaba difícil de creer no estaba dispuesto a que el doctor P.Elvis volviera a rivalizar con el comandante en la capacidad de realizar discursos. Le largué de allí tan rápido como pude y me puse manos a la obra con el encargo. Al fin y al cabo, si era cierto que un hombre primitivo deambulaba por la ciudad, la búsqueda se reduciría la mitad de los varones de la urbe. Mi primera visita fue para la hamburguesería donde fue encontrado el premolar.
- ¿Sabe usted que esto?
- Tiene pinta de ser una muela.
- ¿Sabe dónde lo encontré?
- ¿En la ensalada?
- No
- ¿En el helado?
- Eh..., tampoco.
- ¿En el refresco? ¿En las patatas? ¿En...?
- Está bien, déjelo. Lo encontré en una hamburguesa.
- Mediana, gigante o super.
- ¿Y qué más da?
- Es para darle otra. Es lo que quiere, ¿no? Ya sabrá que no hacemos reembolsos.
- Lo que quiero es saber donde compráis la carne.
- La compramos en “El Ternerillo”, ¿lo conoce? Ya sabe, “si tiene cuatro patas, lo hacemos picadillo”.
- Gracias, iré para allá. Pero póngame antes esa super con un poco de todo lo sospechoso que mencionó antes...
- Era un premolar de un hombre adulto, de unos treinta y cinco años. Así, a simple vista, no podía determinar su origen y complexión, pero estaba seguro de que aquello formaba parte de una mandíbula humana. Cuando el encargado se acercó para ver que ocurría, me limité a vomitar sobre sus pantalones y me marché apresuradamente con la pieza dental en el bolsillo. Un impulso febril, e irracional, como todos los impulsos, me indujo a dirigirme al laboratorio donde me encerré para trabajar. Estuve allí recluido durante semanas, sin apenas comer pues había descartado pedir hamburguesas a domicilio, y mucho menos me atrevía con la comida china que, según un estudio publicado en Nature, encerraba los misterios del origen de la vida. Sólo me quedaba las pizzas, pero poco a poco había agotado todas las combinaciones posibles de ingredientes y, además, últimamente gesticulaba demasiado y mis pensamientos solían vagar por las lindes de Sofía Loren...
- Ejem... Hablando de vagar y divagar.... Señor Elvis, faltan dos días para Navidad y aunque me encantaría seguir hablando con usted hasta la misa del Gallo me temo que mis padres reclamarían pronto estos fuertes brazos para trinchar el pavo. ¿Podemos ir al grano? ¿Me puede decir qué quiere que investigue?
- Oh, sí, disculpe. Es sencillo, quiero que encuentre al dueño de ese premolar.
- Ahá. Y aparte de saber que le faltar una muela, ¿me podría dar alguna otra pista que sea de utilidad?
- Pues verá, según mis cálculos debe tener unos 50.000 años. Supongo que ha permanecido congelado en alguna parte de las montañas y ahora pulula por la ciudad. Ignoro más datos de él, aparte de los que le he contado.
Aunque realmente resultaba difícil de creer no estaba dispuesto a que el doctor P.Elvis volviera a rivalizar con el comandante en la capacidad de realizar discursos. Le largué de allí tan rápido como pude y me puse manos a la obra con el encargo. Al fin y al cabo, si era cierto que un hombre primitivo deambulaba por la ciudad, la búsqueda se reduciría la mitad de los varones de la urbe. Mi primera visita fue para la hamburguesería donde fue encontrado el premolar.
- ¿Sabe usted que esto?
- Tiene pinta de ser una muela.
- ¿Sabe dónde lo encontré?
- ¿En la ensalada?
- No
- ¿En el helado?
- Eh..., tampoco.
- ¿En el refresco? ¿En las patatas? ¿En...?
- Está bien, déjelo. Lo encontré en una hamburguesa.
- Mediana, gigante o super.
- ¿Y qué más da?
- Es para darle otra. Es lo que quiere, ¿no? Ya sabrá que no hacemos reembolsos.
- Lo que quiero es saber donde compráis la carne.
- La compramos en “El Ternerillo”, ¿lo conoce? Ya sabe, “si tiene cuatro patas, lo hacemos picadillo”.
- Gracias, iré para allá. Pero póngame antes esa super con un poco de todo lo sospechoso que mencionó antes...
(CONTINUARÁ)
miércoles, agosto 10, 2005
Cooper: El eslabón perdido (I)
Siempre me gustaron las luces navideñas. Ese derroche de luz y alegría cruzando de fachada en fachada suele ahorrarme un 25% del recibo de la luz. Aún así encendí una pequeña lámpara para que mi cliente no se sintiera incómodo.
- Oh, no se preocupe no tiene por qué encenderla. El torpe soy yo por golpearme con la mesa.
- Bueno, bueno, no es molestia, al fin y al cabo es Navidad. Cuénteme, ¿en qué puedo ayudarle?
- Pues verá, me he topado con un misterio y creo que necesito ayuda profesional.
- Eso digo yo siempre. En los asuntos detectivescos no sirve el “hágalo usted mismo”. Hay que saber manejarse en esta profesión.
- Sí, eso creo yo también. Verá, trataré de ser breve. Durante décadas, miles de científicos se han afanado en buscar la pieza que falta en el inmenso puzzle de la evolución humana. Los hallazgos de cráneos, caderas, metatarsos y demás huesos y “huesecillos” que fueron enterrados por el paso de los años, y en ocasiones, por el paso de apisonadoras y el asfalto, han revelado datos valiosísimos para averiguar como el hombre pasó de no saber cómo vestirse a pagar a otro para que lo hiciera...
- Disculpe, ha dicho usted breve, ¿verdad?
- Sí, sólo quería ponerle en contexto. Porque si conseguimos desvelar este misterio todos los estudios quedarán obsoletos y deberán adaptarse a un nuevo modelo de evolución.
- No suena mal. Aunque me preocupa más lo de pagar al sastre que lo de los huesecillos enterrados. Necesito que me cuente algo más si he de iniciar la búsqueda de...
- El eslabón perdido.
- ¿Buscamos un pedazo de cadena?
- Aguarde. Le contaré. El pasado sábado abandoné a las ocho mi laboratorio como todos los días. Había trabajado durante horas con los resultados de la prueba de carbono catorce efectuada sobre aquel pedazo de tela que me envió el gobierno de Qatar, y mis conclusiones eran las que ya temía: no pertenecían a una especie primitiva superdesarrollada que conociera las técnicas de impresión con tinta. No, la leyenda “Made in Taiwán”, era absolutamente contemporánea. De hecho, debido al mínimo error estadístico, los resultados sugerían que había sido tejida en el año 2030. Una vez más, mi trabajo se perdía en estupideces con la misma facilidad que mis lentillas se pierden en la sopa jardinera de mi abuela. Caminé, como siempre, hasta mi hamburguesería preferida para cenar ligeramente antes de volver a casa...
- Eh, perdone, tenemos el mismo concepto de breve, ¿verdad?
- ...pedí la extra grande con queso porque mi pensamiento siempre es que cuanto más grande sea la hamburguesa más tiempo tengo para acostumbrarme a un posible sabor desagradable, y, así, el último bocado seguirá siendo perfecto. Así que le hinqué el diente, y, como en una reacción química, semejante se encontró con semejante.
- ¿Algún trozo de tomate entre sus dientes se encontró un compañero?
- No, mi mandíbula fue a tropezar con un cuerpo extraño embutido en la hamburguesa. Lo agarré preso de indignación, con la intención de hundírselo en la garganta al encargado, cuando una mezcla de repugnancia e intriga me paralizó. ¿Era aquello lo que parecía? Lo era.
- ¿Qué era?
- Oh, no se preocupe no tiene por qué encenderla. El torpe soy yo por golpearme con la mesa.
- Bueno, bueno, no es molestia, al fin y al cabo es Navidad. Cuénteme, ¿en qué puedo ayudarle?
- Pues verá, me he topado con un misterio y creo que necesito ayuda profesional.
- Eso digo yo siempre. En los asuntos detectivescos no sirve el “hágalo usted mismo”. Hay que saber manejarse en esta profesión.
- Sí, eso creo yo también. Verá, trataré de ser breve. Durante décadas, miles de científicos se han afanado en buscar la pieza que falta en el inmenso puzzle de la evolución humana. Los hallazgos de cráneos, caderas, metatarsos y demás huesos y “huesecillos” que fueron enterrados por el paso de los años, y en ocasiones, por el paso de apisonadoras y el asfalto, han revelado datos valiosísimos para averiguar como el hombre pasó de no saber cómo vestirse a pagar a otro para que lo hiciera...
- Disculpe, ha dicho usted breve, ¿verdad?
- Sí, sólo quería ponerle en contexto. Porque si conseguimos desvelar este misterio todos los estudios quedarán obsoletos y deberán adaptarse a un nuevo modelo de evolución.
- No suena mal. Aunque me preocupa más lo de pagar al sastre que lo de los huesecillos enterrados. Necesito que me cuente algo más si he de iniciar la búsqueda de...
- El eslabón perdido.
- ¿Buscamos un pedazo de cadena?
- Aguarde. Le contaré. El pasado sábado abandoné a las ocho mi laboratorio como todos los días. Había trabajado durante horas con los resultados de la prueba de carbono catorce efectuada sobre aquel pedazo de tela que me envió el gobierno de Qatar, y mis conclusiones eran las que ya temía: no pertenecían a una especie primitiva superdesarrollada que conociera las técnicas de impresión con tinta. No, la leyenda “Made in Taiwán”, era absolutamente contemporánea. De hecho, debido al mínimo error estadístico, los resultados sugerían que había sido tejida en el año 2030. Una vez más, mi trabajo se perdía en estupideces con la misma facilidad que mis lentillas se pierden en la sopa jardinera de mi abuela. Caminé, como siempre, hasta mi hamburguesería preferida para cenar ligeramente antes de volver a casa...
- Eh, perdone, tenemos el mismo concepto de breve, ¿verdad?
- ...pedí la extra grande con queso porque mi pensamiento siempre es que cuanto más grande sea la hamburguesa más tiempo tengo para acostumbrarme a un posible sabor desagradable, y, así, el último bocado seguirá siendo perfecto. Así que le hinqué el diente, y, como en una reacción química, semejante se encontró con semejante.
- ¿Algún trozo de tomate entre sus dientes se encontró un compañero?
- No, mi mandíbula fue a tropezar con un cuerpo extraño embutido en la hamburguesa. Lo agarré preso de indignación, con la intención de hundírselo en la garganta al encargado, cuando una mezcla de repugnancia e intriga me paralizó. ¿Era aquello lo que parecía? Lo era.
- ¿Qué era?
(CONTINUARÁ)
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